
Me gusta salir a la calle y sentir el frío en la cara.
Ponerme mi suéter más gordo, el abrigo, la bufanda y los guantes.
Ir con botas, doble calcetín y tres camisetas interiores: una de tirantes, una de manga corta, y una de manga larga.
Salgo a la calle y no tengo frío, pero la circulación se me reactiva y me enchufo el mp3 en modo aleatorio, teniendo la mezcla más rara imaginable saltando de Chopin a Arctic Monkeys, Chet Baker, White Stripes y Cindy Lauper. Entre mil más.
Y yo subo cuestas a mi paso acelerado por defecto mientras silbo y tarareo y me la suda hasta extremos preocupantes si no me la sudara tanto quién me mira o quién me dice o quién pretende interrumpir mi momento sublime conmigo misma y con la ciudad. Yo ignoro y avanzo, en mi burbuja, sólo momentáneamente pausada en caso de que alguien necesite mi ayuda, y sigo, en paz conmigo misma y con el mundo, hacia delante.
Cuando hay niebla todo trasciende más. El río resulta increíblemente impasible y como de otra época, la vida parece paralizada, la gente desaparece unos pasos por delante de ti como si el vacío se los tragara. Hay algo en la niebla que me hace sentir más viva. Me dan ganas de sentarme en el recodo de una ventana y quedarme ahí quieta, sólo mirando, dejando que pasen las horas. Viendo los rostros de la gente que anda preocupada hacia algún sitio, que no puedes ver, porque la niebla los oculta enseguida.
Apenas ha habido días de niebla este año, un par, diría yo. El año pasado hubo más. Los echo de menos. Quizá es un paisaje tan ajeno a lo que estoy acostumbrada que no puedo evitar vivirlo con más intensidad de lo normal. Como cuando nieva, que no puedo evitar ponerme a llorar mientras mi jefe se mofa de mi, pero que me resulta tan sorprendente y bonito que las lágrimas saltan incontrolables de la emoción. Bah, que se ría lo que quiera. Este invierno sólo ha nevado un día, y no llegó a cuajar.
Yo creo que las relaciones con la gente son un poco como los días de niebla. Nunca lo sabes todo de ellos, sólo lo poco que viven a tu lado durante el rato que la niebla te permita ver. Tu te imaginas lo de antes y lo de después. El misterio puede atraerte tanto que empiezas a caminar a su lado para poder seguirles el rastro durante más tiempo, a veces descubres cosas que no te gustan, a veces cosas que sí. Con algunas personas la niebla desaparece de repente y se vuelven claras y luminosas y ya no hay misterio ni dudas y sabes perfectamente a lo que atenerte. Para mí eso son los amigos y la familia.
Supongo que en realidad lo que sigo esperando es que aparezca alguien que me haga sentir como la nieve, sorprendida.